Rostros…una mirada profunda.

Rostros*

Preambulo:El  arte  contemporáneo  puede  ser  puesto  en  relación  con  ciertas  preocupaciones   antropológicas  en  torno  al  tema  de  la  representación,  tanto  la  de  sí  mismo  como  la  del  radical  otro.  Esta  tensión  entre  identidad  y  alteridad,  entre  lo  propio  reconocible  y  la  alteridad  exótica  recorre  la  cultura  bajo  la  forma  de  lo  que  Sloterdijk  denomina  espacio  interfacial1.  

 Este espacio interfacial o esfera sensible de proximidad bipolar de rostros tiene una  historia propia y peculiar de catástrofes  que aquí nos proponemos examinar. 

 

Cara a Cara

 La  relación  de  alteridad,  cara  a  cara,  a  la  que  también  se  refiere  Lévinas,  es  una  relación ética originaria, fundante de la afectividad y que se expresa a través de la imagen,  a través del rostro que me mira y me reclama, sin que pueda olvidarle, sin que pueda dejar  de ser responsable de su miseria.   

Así para Lévinas el rostro, y en particular la mirada, es el principio de la conciencia  emotiva, ya que la identidad sólo puede constituirse a partir de la mirada del otro;   frente a  ella develamos nuestra frágil desnudez, nos volvemos vulnerables y comprensibles, somos  traspasados.   Así el ser humano no puede entenderse ni ser entendido sino en una compleja red de  relaciones, constituidas por miradas que se entrecruzan con otras, en un entorno amueblado  por  signos  identitarios  de  diverso  orden  y  registro,    por  la  fisionomía  del  rostro,  por  el  acento de un gesto facial.  

Así, la cuestión de ¿qué es el rostro? no puede ser respondida desde una perspectiva   exclusivamente plástica, es decir, desde las consideraciones técnicas asociadas a la factura  de   un   retrato,      sino    atendiendo   a   los   problemas   psicológicos-fisonómicos   de   la  representación o, más precisamente, a las condiciones de su inaccesibilidad. Así la historia  del  retrato  occidental  está  dividida  en  un  retrato  inocente  y  fiel  que  goza  del  rostro  representándolo en la forma clásica, y un retrato que tiene para sí todo el respeto y toda la  conciencia en los medios de expresión de la pintura, pero que no goza de su objeto porque  no sabe o no quiere representarlo. El rostro mismo ha desaparecido de la pintura moderna y  con él, todos los reconocimientos, y filiaciones con la tradición de la psicología clásica. El  rostro, como lo supo plasmar Bacon3, no es algo fijo. El rostro, el de los otros tanto como el  nuestro,  cambia,  se  deforma,  se  esfuma.  Ninguna  imagen  puede  darnos  la  idea  del  todo.  Una  foto  no  lo  abarca.  Se  adhiere  a  lo  real,  pero  no  lo  devela.  De  ahí  la  imposibilidad  baconiana de completar el retrato de un hombre. 

Así el desarrollo del retrato bajo ninguna circunstancia puede entenderse sólo como  un fenómeno que atañe únicamente a la historia del arte; aunque tampoco una historia de la imagen,  ampliada  mediática  y  culturalmente,  podría  dar  suficiente  cuenta  todavía  del nacimiento   del   rostro   a   partir   del   espacio   interfacial,   dado  que   esto   envuelve   un  acontecimiento   que   remite   a   mucho   antes   de   toda   cuestión   representativa,   esa   es  precisamente  la  tesis  de  Sloterdijk  en  Esferas  I.    La  elevación  del  rostro  profano  a  la  categoría de retrato es ella misma una operación muy tardía y precaria en el espacio-entre- rostros, que como tal no puede aparecer en ningún retrato aislado.  El arte del retrato, en  tanto  proceso  de  revelado  que  pone  de  manifiesto  o  saca  a  la  luz  la  individualidad,  pertenece a un amplio movimiento de producción de rostros que posee un estatus propio de  género histórico más allá de toda manifestación histórica artística y plástica.  La posibilidad  Así el desarrollo del retrato bajo ninguna circunstancia puede entenderse sólo como  un fenómeno que atañe únicamente a la historia del arte; aunque tampoco una historia de la  imagen,  ampliada  mediática  y  culturalmente,  podría  dar  suficiente  cuenta  todavía  del  nacimiento   del   rostro   a   partir   del   espacio   interfacial,   dado   que   esto   envuelve   un  acontecimiento   que   remite   a   mucho   antes   de   toda   cuestión   representativa,   esa   es  precisamente  la  tesis  de  Sloterdijk  en  Esferas  I.

  La  elevación  del  rostro  profano  a  la  categoría de retrato es ella misma una operación muy tardía y precaria en el espacio-entre- rostros, que como tal no puede aparecer en ningún retrato aislado. 

El arte del retrato, en  tanto  proceso  de  revelado  que  pone  de  manifiesto  o  saca  a  la  luz  la  individualidad,  pertenece a un amplio movimiento de producción de rostros que posee un estatus propio de  género histórico más allá de toda manifestación histórica artística y plástica.  La posibilidad  de facialidad va unida al proceso de antropogénesis mismo  . Todo lo específico y singular  que se anota en el rostro como rasgo de carácter o como patrón y línea de temperamentos  regionales  y  propiedades  adquiridas  sólo  puede  entrar  en  el  rótulo  facial  a  través  de  la  protracción del tierno entretenimiento del mutuo iluminarse de los rostros de madres e hijos  en  el  período  del  cobijo  posnatal.    Su  hacia  aquí  y  hacia  allá  está  anclado  en  antiguas  sincronizaciones histórico-tribales de los juegos de ternura protoescénicos; es parte de un  conjunto de esquemas innatos de participación bipersonal emotiva5.  El  individualismo  moderno,  por  su  parte,  nace  cuando  la  misma  gente  redacta  su  autodescripción, cuando ensaya la autocreación de sí, es decir, cuando empieza a reclamar  los  derechos  de  autor  sobre  sus  propias  historias,  autobiografías  y  opiniones,  así  como   también los derechos sobre su  imagen,  convertidos así en diseñadores y empresarios de su  propia apariencia.   En la configuración de la identidad tenemos que tramarnos un yo y, mal o bien, lo  intentamos. Todas las figuras disimulan el vacío, que se adueña de las formas, se adueña de  las   ficciones.   El   teatro   de   nuestras   cualidades,   nuestra   imagen   del   mundo,   nuestro  compromiso… el vacío engulle este tipo de estructuras como si nada. Todas las pretensiones  de  construir  un  yo  estable  a  partir  de  lo  social  nos  llevan  a  una  posición  que  carece  de  autenticidad y anclaje ontológico.  Los cuadros modernos están llenos de identidades a la  deriva,  de  rostros  sin  perfiles,  de  nuevos  espacios  del  anonimato.  El  espacio  público  se  comporta  –a  este  respecto–  no  como  un  espacio  social,  determinado  por  estructuras  y  jerarquías, sino como un espacio protosocial, un espacio previo a lo social al tiempo que su  requisito, premisa escénica de cualquier sociedad.    De allí que haya que interrogar ¿Cómo realizar un retrato de un hombre que posee una identidad en fuga? ¿Hay posibilidades ciertas de fijar una imagen en medio del vértigo, en el fluir de las nuevas sociedades líquidas? Los  juegos de lenguaje habituales fracasan ante las experiencias del origen y los intentos de  reconocimiento identitario. Quien desea avanzar en este punto entra necesariamente en el terreno fronterizo entre descubrimiento o invención. Así sólo será posible fijar una imagen anclada a una identidad por medio de nuestra auto-narración, de la invención de sí, a través de esa mirada bizca hacia la tensión entre lo que hemos sido ylo que buscamos ser. Todo hombre se construye así, por sus palabras, por lo que dice y se dice de sí mismo. El relato de un hombre sobre sí mismo es lo único que poseemos para re-construirlo.  Con frecuencia sucede que, para agotar de una manera más completa un estudio, el artista se inspira en fotografías de una misma persona a distintas edades: el retrato definitivo podrá representarlo más jóvenes o bajo un aspecto distinto al que ofrece en el momento de posar porque lo que le pareció más real, más verdadero, es ese aspecto que descubrió como el más revelador de la auténtica personalidad, de algo común a toda la imagen proceso con los que los juegos de la memoria tiene que habérselas.  En el retrato conceptual no debieran interesar las  fotos de búsqueda y captura objetiva, dado que su intención es más bien la representación de personalidades disociadas. Su intención no es crear un efecto andrógino, sino una especie de diagnóstico esquizoide. La pintura halla, quizás, su prueba decisiva en el  retrato y tal vez, más particularmente, en el autorretrato.  Este parece restablecer el carácter especular que constituye, quizás, su más secreta verdad. En el reto que el espejo suscita al pintor éste parece desprenderse de toda adherencia objetiva; alcanza, por fin, la desnudez psíquica. La pintura es el dibujo de nuestro sistema nervioso proyectado sobre el lienzo.

  * Adolfo Vásquez Rocca «Sloterdijk; entre rostros, esferas y espacio interfacial».

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