El año Pasado en Marieband: La Obra Maestra del Cine

En un barroco hotel, un extraño, “X”, intenta persuadir a una mujer casada, “A”, de que abandone a su marido -“M”- y se fuge con él. Se basa en una promesa que ella le hizo cuando se conocieron el año anterior, en Marienbad, pero la mujer parece no recordar aquel encuentro.

“Fascinante y desconcertante película sobre la que se deja sentir el paso de los años. A medio camino entre la realidad y el sueño, el documental y la ficción”.

Una cumbre./Una Pelicuka Rica en Interpretaciones

Una de las cumbres del cine y una de las películas más modernas de todos los tiempos (moderna realmente, aunque sea del año 61). Deja patas arriba conceptos tan vitales en el cine (y en la vida) como la realidad, el espacio y el tiempo, jugando y articulándolos de manera única. Resnais abre puertas nunca abiertas y nunca traspasadas. Puertas tanto de la expresión y la evolución del lenguaje cinematográfico como de la propia mente humana (que es de lo que trata al fin y al cabo).

Película inmensamente rica y abierta a multitud de interpretaciones, que se puede disfrutar a distintos niveles más o menos racionales. Divide en dos mitades, prácticamente irreconciliables, a los espectadores que la ven, unos quedan hipnotizados inmediatamente, otros la rechazan. Pero lo que es incuestionable es el magnífico trabajo y coherencia que hay a todos los niveles del film: Desde los encuadres al montaje, el uso del atrezzo o de los espacios, de la música o la dirección de actores, todo está meditado llegando al más alto nivel que el cine ha podido saborear.

Marienbad?

 Segundo largometraje de Alain Resnais (Francia, 1922), que forma parte de la llamada “trilogía de la memoria”, junto a “Hiroshima, mi amor” (1959) y “Muriel” (1963). El guión es original del novelista Alain Robbe-Grillet. Se rueda en escenarios reales de Nymphenburg Palace (Bavaria), Oranienburg Palace (Brandenburg) y Schleissheim Palace (Bavaria) y en estudio. Gana el León de oro (Venecia). Producido por Pierre Courau y Raymond Froment para Cocinor y otras productoras, se estrena el 25-VI-1961 (Francia).

La acción dramática tiene lugar en una ubicación geográfica indefinida y en un tiempo indeterminado. Marienbad es el nombre de una ciudad checa, ajena a la acción, y el presente dramático se podría situar en torno a 1960/61, aunque ésta no es la intención del realizador, que quiere dotar al film de una manifiesta atemporalidad. Los protagonistas son una mujer (Seyrig), un hombre que la pretende (Albertazzi) y el marido, pareja o acompañante de la misma (Pitoëff). Ella parece estar permanentemente cansada. El seductor es locuaz, reiterativo e insistente. El marido es indeciso, vacilante, autoritario y ejerce sobre la mujer cierta influencia.

El film suma drama, suspense y romance. El relato suscita dudas en el espectador y le plantea interrogantes que no resuelve. No se sabe si la acción se desarrolla en Marienbad o en otro lugar, si es el nombre de un palacio o de la localidad en la que éste se ubica, cuál es el motivo que reúne a los interlocutores. No deja claro si la historia es real, la inventa el narrador o combina hechos ciertos, de ficción y sueños. Lo cierto es que invita al espectador a indagar, reflexionar, interpretar, meditar y debatir, aprovechando el hecho de que el relato es susceptible de interpretaciones múltiples, diversas y contrapuestas. También es cierto que convoca al público a ver la cinta con suma atención, tensando la capacidad de percepción y liberando los mecanismos de generación de sentimientos.

La obra luce una intencionada y deliberada artificiosidad, porque Resnais la concibe como un artefacto artístico y desea que el espectador se percate de ello. Le propone así que adopte desde el principio un punto de vista que le sitúe adecuadamente ante el film y le permita aprovechar al máximo la experiencia de su visión. Dicho de otro modo, le informa que se halla ante una experiencia artística que le puede proporcionar emoción estética, la más noble, intensa y satisfactoria de las emociones al alcance del ser humano. Por lo demás, el relato rompe con los códigos tradicionales del cine. Mezcla realismo, surrealismo y una fuerte carga de subjetividad. Los encuadres, travellings, giros de cámara y composición de planos, contienen elementos caprichosos y aleatorios, expresan sentidos diferentes de los propios del cine convencional realizado hasta el momento y en ocasiones desarrollan divagaciones laxas sobre temas reiterativos.

 

La voz del narrador (el pretendiente), pierde intensidad hasta desaparecer, creando interludios de silencio o de murmullos de palabras que el oído humano no capta. A veces la voz interrumpida se recupera para seguir hablando por boca del marido, que deviene un segundo narrador, alternativo o complementario. La voz se apaga y desaparece con frecuencia para recuperarse después diciendo las mismas palabras en orden diferente. Alguna acción se repite más adelante con resultado distinto, imitando los procedimientos de ensayo y corrección propios del artista (novelista, dramaturgo, pintor…). Incorpora sorpresas desconcertantes, como la de la puerta que permanece abierta siempre, salvo en un momento determinado. Invita al espectador a renunciar al racionalismo habitual de la cultura de Occidente para sumergirse en un mar de sentimientos, sensaciones, emociones y goce estético.

El ambiente del interior del palacio es hermético y misterioso. Plantea también interrogantes. ¿Es un hotel con clientes? ¿Es una residencia privada con invitados? ¿Son los presentes socios de una agrupación ignota?. En todo caso, se comportan de un modo extraño y practican juegos excéntricos y tan incomprensibles como el de las cajas de cerillas. Contrasta el estilo rococó (barroco tardío alemán) de la decoración del Palacio con la austeridad de los trajes y vestidos de los personajes, de los escenarios directos y de la expresión contenida del deseo que los anima o atormenta.

La banda sonora, de Francis Seyrig (“El proceso de Juana de Arco”, Bresson, 1962), ofrece una partitura de órgano religioso, de tonos solemnes, litúrgicos y de pasajes que evocan himnos de ceremonias de difuntos. De ese modo se refuerzan los trazos melancólicos del relato. Por lo demás, la música introduce evocaciones sobrenaturales que amplían la complejidad de la historia y, a la vez, le otorgan trascendencia. La fotografía, de Sacha Vierny (“Muriel”, 1963), en B/N y formato panorámico, luce la mano esmerada, cuidadosa y rica en detalles de Resnais. El trabajo de cámara es abundante, brillante, espectacular y preciso. Los jardines estrictamente geometrizados subrayan por oposición el desorden y las tendencias caóticas de la narración. El discurso visual es de una gran elegancia y de fascinante belleza. Juega con la intensidad de la iluminación, el uso del espacio y los encuadres de la acción.

Film de culto, hecho para la emoción, las sensaciones y los sentimientos, indispensable para los cinéfilos más exigentes. Hecho también para pensar al objeto de aprovechar la satisfacción que se desprende del hecho de pensar por pensar.

SURREALISMO SOBRE EL AMOR VINCULADO A LA MEMORIA, AL JUEGO, LO ABSURDO….

Blanco y negro conjuntado a estética palaciega; música de órgano, casi fúnebre, que deja silenciado el sonido de unos violinistas tocando sus violines; un juego logaritmíco para dos participantes, con dieciséis elementos de lo que sea, colocados en filas impares de siete, cinco, tres y uno, donde cada jugador puede levantar tantas piezas como quiera, pero sólo de una fila cada vez, y en el cual pierde el jugador que retire la última unidad, aunque el que invita a jugarlo, el que conoce su intríngulis, suele ser el que siempre gana la partida; dos amantes sometidos al tira y afloja del cortejo, la memoria y la incertidumbre del devenir; y sobre todo una idea filosófica y fotográfica presente en todo el film: El tiempo no significa nada.

En una entrevista hecha a Alain Robbe-Grillet, el guionista de esta obra, cuenta lo siguiente acerca de la misma: «La historia de Marienbad es muy interesante. Para empezar, cuando la terminamos, el productor decidió que no iba a estrenarse nunca, que uno no debía burlarse de la gente hasta ese punto. Durante los seis meses que el film permaneció inédito realmente pensamos que no se iba a estrenar jamás, así que comenzamos a hacer exhibiciones privadas: la primera para Antonioni, la segunda para Sartre (que prometió que nos iba a ayudar y no hizo nada) y la tercera para André Breton. Después se estrenó porque se dio con éxito en Venecia. (…) A veces me preguntan si Marienbad es acerca de un hombre que quiere persuadir a una mujer para que lo siga. Yo respondo que no, que es acerca de un escritor que quiere persuadir a un director para hacer un film de vanguardia.»

Una película para que los cuerdos se duerman o vuelvan locos, y donde los locos, con toda seguridad, se relamerán de gusto sacando cuerdas conclusiones.

Quizás. Puede ser. Es posible. Que la vi lo confieso, es cierto, de lo que vi no confieso nada, no aseguro nada, no se puede. La frontera entre posibilidad e imposibilidad , entre literatura y cine, entre invención y realidad, se diluyen. Todo se desestructura. El tiempo y el espacio se deconstruyen. Y una voz en off permanece al fondo, con su tono monótono narrando, hilando las imágenes a las palabras, el narrador-personaje redundando siempre sobre el encuentro con una mujer un pasado año en Marienbad o en cualquier otro lugar (Karistadt, Marienbad, o Baden-Salsa), el espectador nunca sabrá si es invención o es producto de la memoria de ese hombre del que ni siquiera sabemos su nombre porque no importa, todo es un misterio.
Ninguna otra película, dicen, ha estado tan cerca de ser a su vez obra literaria. Resnais siempre escogía a novelistas para la elaboración de sus guiones dándoles total libertad. Quizás ahí esté el secreto de la poesía de sus primeras películas. En “Hiroshima, mon amour” Margarite Duras escribe un guión cuando nunca antes lo había hecho y Resnais se encarga de realizarlo en imágenes y palabras casi al pie de la letra. En “El año pasado en Marienbad” le toca el turno a Grillet (el autor de “La celosía” ) , y ocurre lo mismo, Resnais saca el jugo a la literatura aplicándolo al cine como nunca nadie lo ha conseguido. Y en mi opinión sus películas superan a lo literario, las soporíferas novelas de la Nouveau Roman francesa traspasadas a la pantalla por Resnais consiguen el alma que les falta sobre papel.
En definitiva, es una película para ver porque es una obra perfecta y porque representa un punto de inflexión en la historia del cine, ahora, eso sí, no es aconsejable verla con sueño porque la voz del narrador puede tener un gran efecto de somnífero.

Acerca de la memoria

¿Qué es la memoria? La película no responde a esta cuestión, sólo la plantea. No ofrece respuestas ni pistas, ni siquiera una tenue luz para iluminarnos el camino: solo tinieblas. Quizás sea esto precisamente lo que Alain Resnais pretende transmitir al dibujar el esbozo de un bodegón de recuerdos difusos y ambiguos que quizás nunca fueron.

Oscura donde las haya, esta película encuentra su punto más fuerte en su forma estética, en la fotografía, en la belleza de sus imágenes, unas imágenes que perduran en tu memoria. Y aquí no puedo dejar de resaltar los primeros minutos de la película en los que Alain Resnais nos presenta el hotel-mansión donde va a transcurrir la película, mostrándonos sus habitaciones, sus techos sobrecargados y sus largos y abundantes pasillos (uno detrás de otro, infinitos) hasta llegar a un pequeño escenario donde acaba de terminar una tétrica representación teatral con tan sólo una pareja de actores (hombre y mujer) escenificando un monólogo que nos ha servido de fondo sonoro en estos oscuros primeros minutos. Esta presentación del Hotel supone una de las introducciones más impresionantes que servidor haya podido ver, una auténtica delicia que te deja hipnotizado frente a la pantalla.

Toda la película en sí es como una fotografía, una instantánea en blanco y negro, intemporal y sin una ubicación física específica, que parece cambiar con los años aunque sigua siendo la misma, como una estatua que cambia según la hora del día o el punto de vista que adoptemos.

El infinito paseo por Marienbad

Prueba palpable, en lo que se refiere a mi persona, de lo que puede cambiar la forma de ver cine, de que ver cine es en muchos casos casi una habilidad que necesita tiempo, paciencia, cierta base crítica, e incluso una suerte de fe en las imágenes. Digo esto porque esta era una película que se me había atragantado en alguna medida en su día, y que ahora, años después, encuentro absolutamente fascinante, plena de sutilezas, poliédrica y a su vez casi misteriosamente cerrada con llave.

Un palacio en alguna parte del espacio y del tiempo; decenas de personas, tal vez muertas, tal vez vivas; un hombre cuenta a una mujer una historia de amor entre ambos, la mujer no lo recuerda, tal vez no puede, tal vez jamás ocurrió; el tiempo nace y muere constantemente delante de la cámara; en el salón alguien siempre gana a las cartas, es un personaje que parece proyectar su sombra aun fuera de los fotogramas, que aparece en dos lugares distintos en el mismo plano; tal vez es el único a quien la consciencia no ha abandonado, tal vez conoce ciertas reglas. Y es que en esta historia todo es relativo y fantasmagórico, la película es completamente polisémica para el espectador, abierta a interpretaciones y absolutamente opaca a su vez. Es también magistral en lo formal, impecablemente bella y plástica, además de ser un puzzle argumental apasionante, es también un manual de dirección, fotografía, iluminación y puesta en escena.

Su influencia en el cine moderno parece innegable, de hecho, junto con el cine de Bergman y Antonioni, podría considerarse casi un punto de inflexión en el cine europeo, una ruta alternativa a cahieristas y neorrealistas. Los paralelismos con películas posteriores son múltiples. En algún texto que he leído se apunta al Resplandor de Kubrick, otro cuento de personajes enfrascados en un bucle temporal y físico -tanto Kubrick como Resnais utilizan travellings infintos a través de múltiples pasillos, jardines y diversos laberintos-, y un inevitable destino que se repite constantemente. Además, personalmente me retrotrae a Lynch, y en especial a su Inland Empire, en cuanto a su forma de hacer un cruce indescifrable de realidades subjetivas que se complementan de alguna forma, y en las que danzan historias de amor que podrían incluso tener sus raíces en los desvaríos de sus protagonistas. Pero serán cosas mías, qué sé yo.

ININTELIGIBLE (o no)

“El año pasado en Marienbad” es un film enigmático, misterioso, ininteligible (o no). Ofrece diversidad de interpretaciones. La película crea un universo que puede ser real o imaginario. Incluso, para algunos críticos, el hotel barroco donde se desarrolla la acción puede ser un centro psiquiátrico. Todo puede servir para despejar las incógnitas de una perturbadora historia en la que los protagonistas son: una mujer mustia, vestida de Chanel, que se aloja en el hotel con su supuesto marido, el narrador que afirma que dicha mujer prometió encontrarse con él el año anterior y su marido. Ella niega que ese encuentro anterior haya tenido lugar y el narrador va dando pistas sobre situaciones y lugares donde, presuntamente, han estado juntos.
Otros actores permanecen en algunas escenas estáticos mientras los protagonistas se mueven entre ellos a cámara lenta. Parece que se desarrollan varias películas dentro de la misma. El tiempo parece no existir. Narrador y mujer establecen diálogos influidos por el pasado pero sólo llegan a algo claro, a un acuerdo, cuando ella le acompaña hacía lo desconocido abandonando a su, hasta entonces, pareja.
Hay varios planos en los que el irracional compañero de la mujer propone a diferentes personajes, incluso al misterioso narrador, algunos juegos a los que sorprendentemente gana siempre. En otras escenas, en el exterior, ocurren cosas que ya han ocurrido o, simplemente, están ocurriendo en ese momento. En esas escenas exteriores todo está desierto, sin embargo en las interiores, el resto de alojados baila o están todos juntos como si formasen un ente único.
El film de Resnais, estrenado en 1961, y escrito por Alain Robbe-Grillet, ha suscitado y suscitará mucha polémica. Se dijo que director y guionista no estaban de acuerdo en el contenido de película. También que esa divergencia era un recurso meditado para que el espectador abordara la película sin ideas preconcebidas… Todo vale si el resultado final es bueno. Se trata de una película que es de visión obligada.
Confesar que la he visto un par de veces. La primera vez, al cuarto de hora de visionado, me quedé dormido. En la segunda, ya sin sueño, y pasado ese cuarto de hora con una voz casi ininteligible y una cámara recorriendo el hotel , pude comprobar que se trata de una obra magistral y que, de alguna manera, debido a su forma y estructura, la convierte en una de las obras maestras del cine modernista.

Ser y tiempo

Somos lo que la memoria, en un ejercicio incesante de acumulación, reordenación, montaje de materiales impulsados por algo (casi siempre indescriptible, por lo complejo, pero concreto, ni Dios ni la Naturaleza juegan a los dados) que llevamos dentro nos hacen ir siendo, fabricándonos como seres singulares. Realidad y fantasía son lo mismo, desde la premisa de la absoluta subjetividad de nuestra obra, de nuestra vida.
Lo que Resnais expone en su bellísima película es justamente eso. Frente a la realidad objetiva e incontestable de unas reglas de juego, el NIM dominado y utilizado como tal poder objetivo por el marido, Sacha Pitoeff, se rebela el deseo del tenaz pretendiente de hacer valer lo que su memoria le fuerza a insertar en la realidad, insistente y repetitivo como la voz en off que inicia la historia. En su intento hay una realidad de la que no se duda: sus sentimientos. De este impulso surge su empeño en aclarar, demostrar que unos hechos sucedieron. Probablemente, sucedieron. Probablemente, no sucedieron como él los recuerda. Probablemente, también, lo que hubiera sucedido haya quedado absolutamente borrado de la mente de la mujer, ya que en todos los casos la memoria trabaja selectivamente. El miedo a la represalia social -incluida la del marido celoso, con pistoletazo de por medio- actúa como borrador. Probablemente no hay crimen, sólo miedo a morir.
Hay a quien le gusta la estética de la película y a quien le repele, por manierista, barroca y pretenciosa. A mí me parece mucho más que eso. El estilo barroco es víctima de muchas críticas en general. Siempre parece excesivo, superfluo, sobre todo para ciertos gustos. Pero en la música ha sido el soporte creativo de un tipo como Bach.
Por cierto, a Bach en su tiempo se le entendió muy poco. Cada vez tiene más adeptos, doscientos cincuenta y nueve años después. A Bach hay gente que no le soporta. Están en su derecho.

FASCINANTE

En un lujoso hotel, un hombre de aspecto elegante trata de convencer a una indiferente joven de que se amaron un año atrás en Marienbad, algo que esta parece haber olvidado ó desconocer. Ese podría ser todo el argumento de uno de los títulos básicos del cine Francés de los años 60.
Una cinta moderna y plenamente vigente, que rompió con todos los cánones establecidos, suponiendo una ruptura con la forma tradicional de hacer cine.
Cuando uno se disponga a verla, debe olvidarse por completo de la historia, del argumento y sus personajes, y deleitarse siguiendo una cámara que nos muestra un universo de belleza y fantasía visual.
Jardines rectilíneos, sombras alargadas, estatuas que parecen tener vida, pasillos interminables, decoración barroca, juegos de cartas donde siempre gana el mismo jugador, conversaciones entrecortadas, personajes de gesto congelado. Todo ello amenizado con una sugerente música de Órgano y por una narración casí poética, y completamente acronológica.
Una cinta atípica, que posee una atmósfera excitante y tendente a la melancolía sobre la fuerza del inconsciente, de la realidad , de los sueños, y del pasado.
Por encima de sus variadas virtudes, su mayor atractivo radica en un soberbio montaje que dota a la obra de un halo de misteriosa belleza.
Sus planos y secuencias están ordenados aparentemente sin ningún criterio, sin que por ello se resienta el resultado final.
Concluyendo, una obra llena de magia y misterio para degustar con calma y tranquilidad. Despertara por igual odios y pasiones, pero seguro que no dejara indiferente a nadie.
De todas formas este tipo de cine es como el Caviar, para disfrutar de tarde en tarde, porque si no empalaga demasiado.

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